jueves, 11 de febrero de 2010

Con Haití: Solidaridad y verdad

Francisco Frutos

Haití no es un problema militar, ni mucho menos un protectorado militar de EE.UU., que se aprovechen de la catástrofe para dar un paso más en la escalada de intervención en América Latina. Haití además de organizar la energía de su pueblo, debe ser un territorio en el que las NN.UU. se vuelquen ahora en la desgracia y mañana en la reconstrucción

El pueblo de Haití acaba de sufrir el zarpazo de la muerte y la destrucción, en forma de terremoto. Un fenómeno natural se ha abatido sobre uno de los pueblos más empobrecidos del mundo, más desarbolado socialmente y menos organizado en infraestructuras, servicios e instituciones imprescindibles. Ante esa debilidad el efecto del terremoto ha sido demoledor en un primer momento al producirse y posteriormente en los días siguientes. Es imposible hacerse cargo del dolor, del sufrimiento, del desamparo que tienen y sienten miles y miles, millones, de hombres y mujeres, de niños y niñas. Sólo podemos aproximarnos a su situación si somos capaces de extraer de nuestra emoción y de nuestra inteligencia el sentido de solidaridad humano más profundo y activo. Ello significa hacer todo lo posible hoy para mitigar su desgracia y exigir y contribuir a que el pueblo haitiano tenga un futuro más humano, más justo y más digno que su actual presente.

Para que esto sea realizable en el tiempo más breve, es imprescindible una planificación extraordinaria de la ayuda actual, para aplicarla con urgencia y efectividad, y de la ayuda a medio y largo plazo para contribuir a construir una realidad social diferente. Y sin ninguna vocación de lanzar acusaciones o críticas sin fundamento, vemos que todo se está haciendo de la misma manera que se ha hecho en otras ocasiones, en Haití, en Managua en la década de los 70, y en otros lugares en los que la solidaridad material de la gente se ha desperdiciado o ha servido para enriquecer a unos cuantos delincuentes y corruptos con poder económico o político.

Nosotros defendemos las soluciones más rápidas en el tiempo más breve, porque el sufrimiento de la gente no espera. Es por ello que nos preguntamos ¿por qué desde el primer momento de conocer los efectos del terremoto, no se articuló una organización territorial de la zona más afectada y de los accesos a ella, con puntos sólidos de recibo y reparto de víveres, agua, medicinas y con capacidad para coordinar los trabajos a realizar desde el primer momento para solventar los problemas derivados de miles de cadáveres en las calles y bajo los escombros?

Se ha situado en primerísimo plano el papel militar de los EE.UU., (la ONU ha quedado de nuevo como elemento secundario), para hacer frente a los problemas de forma eficaz por la capacidad material, logística y de imponer orden de éstos. La intervención militar sólo tiene sentido sino es por una reacción mecánica a la inseguridad y delincuencia que se generan cuando la desesperación masiva y las ansias de supervivencia anulan el sentido cívico primario y una minoría de delincuentes se aprovecha de ello. El principal problema de la inseguridad y la violencia nace con la desesperación y con la incredulidad creciente de la gente ante la ineptitud organizativa de la distribución de la ayuda y de los socorros básicos y la convivencia permanente con la muerte y la destrucción y el caos que éstas generan, caos que se une al ya existente anteriormente en Haití con presencia militar de los EE. UU. Y de la ONU.

Un ejército, el de EE.UU., y el de la ONU, dependiente de aquél, formado por miles de personas, con estados mayores de mando, que tiene capacidad técnica y poder militar para planificar sobre escenarios de guerra, debería tener capacidad técnica y poder material para organizar de forma rápida la recepción, el almacenamiento y la distribución de la ayuda material y de los servicios médicos primarios, así como la capacidad para ir agrupando a los miles de niños sin hogar y sin familia que pululan por las calles, para que no caigan en manos de las mafias criminales. No queremos hacer demagogia ni utilizar esta tragedia para remarcar responsabilidades, carencias, ineptitudes y aprovechamientos de una situación pero sí señalar la realidad sin engañar. Sobre la actuación de los EE.UU., de sus sistemas de seguridad, de su ejército, en situaciones mucho menos dramáticas que las actuales, al menos por su dimensión, podemos recordar los efectos del Katrina sobre Nueva Orleans y alrededores y cual fue el papel del gobierno, administraciones y fuerzas de salvación, dejando en el abandono y semi indigencia a miles de personas durante largo tiempo.

Como anécdota sin más trascendencia: al segundo día del terremoto la corresponsal de TVE en la Habana, informó sobre los médicos y sanitarios cubanos que estaban trabajando en Haití desde hacía mucho y que el gobierno de Cuba estaba presto a enviar todo lo necesario en personal e infraestructura sanitaria. Nunca más se supo de la presencia solidaria, concreta y desinteresada de Cuba en Haití. Cuba ha estado y está presente en muchos lugares de forma solidaria y desinteresada y además, tiene una gran capacidad de prevenir desastres. Hace 3 años sufrió el efecto desolador de los huracanes y aunque los daños materiales fueron catastróficos los muertos no llegaron a la decena, cuando en otras partes en que se dieron las mismas condiciones fueron centenares. Otros países, además de Cuba, sin ser primerísimas potencias hacen una extraordinaria labor solidaria, en ayuda al desarrollo y en situaciones de emergencia como la actual.

Los gobernantes de EE.UU., sus políticos y militares conocen las realidades de Haití desde hace mucho. Los funcionarios de la ONU también. ¿No han sacado ninguna conclusión efectiva para aminorar el sufrimiento de la gente que, ahora, repitan que primero es garantizar el orden para después poder repartir la ayuda? Nosotros pensamos que es al revés, primero garantizar una base de supervivencia, que es lo que generará el orden.

Sabemos que un terremoto de las dimensiones del de Haití es mortal, pero sabemos también que cuanto más miserables sean las condiciones de vida de una población, más terribles serán las consecuencias cara al futuro. Los buenos sentimientos, la solidaridad, la ayuda al desarrollo sólo pueden tener un sentido: mejorar la vida de la gente, hacerla digna y crear las condiciones para que cuando haya un desastre material éste no produzca una hecatombe humana y social como la que está viviendo el pueblo haitiano, con el cual sentimos su dolor y contribuiremos a hacer lo posible para mitigarlo. Pero debe quedar claro: Son las NN.UU. las que deben coger la responsabilidad de organizar y dirigir la ayuda, ahora y después. De un ejército como el norteamericano, acostumbrado a las intervenciones imperialistas y, en algunos casos, terroristas, no se puede esperar ningún futuro alentador para el pueblo de Haití. La Unión Europea debería, de una vez por todas, asumir la responsabilidad de representar a sus ciudadanos y ciudadanas en las tareas políticas, solidarias y de reconstrucción en Haití o en cualquier otro lugar en que sea necesario. Los países más ricos deben superar sus miserables aportaciones a la superación de la tragedia haitiana y planificar, de acuerdo con los representantes del pueblo de Haití, su reconstrucción económica, social y política. La Unión Europea debe exigir que las NN.UU. cumplan con su carta y compromisos y que sean éstas las que cojan la responsabilidad de organizar y dirigir la ayuda e impulsar la reconstrucción del país.

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